viernes, 26 de febrero de 2010

¿Que casualidad?

Qué tal?


Más de una vez me he sentido sobrecogido por una serie de sucesos, comentarios y circunstancias que sólo pueden ser definidas por la palabra casualidad. Ni suerte, ni intuición, ni rareza, ni coincidencia, exclusiva casualidad. Sentir que por ciencia infusa, uno es capaz de vislumbrar incógnitas de manera totalmente fortuita, acojona. Cuando se encadenan tres o cuatro de estas casualidades te paras, piensas en ello, sonríes y piensas: ¡qué casualidad! continuando con la sonrisa en la boca. En este momento empieza a generarse en tu (sub)consciente una especie de sentimiento de superhéroe "casualístico".

La güija o el espiritismo, el avistamiento de ovnis o las abducciones, el contrato fijo o la prejubilación y demás subjetivas creencias -increíbles-, son casos que nada tienen que ver con las peculiares características del fenómeno de las casualidades. Siento no poder ilustraros con un ejemplo pero aún usando las palabras más certeras, no podría transmitir la sensación. Quizá tu también seas un superhéroe y vayas siguiendo el hilo, mejor (necesitamos disfraz).

¿Cómo definirlo? ¿Cómo explicar algo que carece de explicación? Pues muy sencillo. La alineación de los planetas provoca entre otras cosas, el fenómeno de las casualidades. Mediante la distribución asteroide y soplar la flauta, se genera en ocasiones, el sonido de dicho instrumento. Entre otras cosas, la cuadratura astronómica provoca crisis económicas, guerras, pobreza y demás despropósitos, a diferencia que en estós casos algún mamífero sopla, pero la gaita.

Con poco más que escribir, quiero despedirme compartiendo con vosotros mi total agnosticismo sobre cualquier tipo de fenómeno ajeno a las casualidades. Hay muchas formas de ver la vida, pero desde luego, estoy en total desacuerdo con aquellas posturas, en las que las suertes, se tienden a fuerzas de causa mayor. Creo en mí (y en mis casualidades).

sábado, 13 de febrero de 2010

¿Utopía?

Que tal?

De un tiempo a esta parte se va apoderando de mí una especie de animadversión hacia el compromiso. Basta que aparezca un ápice del mismo para generarme una especie de principio alérgico que me acaba convirtiendo en un auténtico cabrón.

Desaparezco con la sutileza de un funambulista, o hago desaparecer proyectos o ilusiones que conlleven un mínimo compromiso. Lo que peor se lleva es sentir que se ha defraudado a alguien. Generalmente no doy pie a que se den circunstancias tales como para ser acusado de fraude, pero nunca se sabe. La desembocadura de este comportamiento es pasar sin pena ni gloria por detrás del telón que te separa del escenario. Figurante sin guión que no se acaba de enterar de qué iba la película.

El compromiso en las relaciones se hace extensivo a otros ámbitos. Encontrar un hueco laboral se complica, más si cabe, ante la duda de cambiar de aires. Me encantaría permanecer una temporada con la tranquilidad de pertenecer a una agencia de publicidad de la ciudad condal, pero me aterra no poder contemplar la posibilidad de huída. Me paro a pensar y me doy cuenta de que tristemente, el único compromiso actual que no me aterra es con Movistar.

Comprometerse desprende más futuro que presente. En el mismo momento, la acción carece de importancia, no significa nada hacerlo, tomará significado con el tiempo. Ante la imposibilidad de vislumbrar mi vida más allá de pasado mañana, resulta complicado adquirir cualquier forma de compromiso.

Entre otras especies, comparto piso con un olvidado bonsai en estado terminal. Quizá su enfermedad venga de una falta de compromiso por su descuidado cuidador. Creo que en un futuro próximo expirará y nadie lo echará de menos.


Me encantaría comprometerme sin sentirme comprometido. ¿Utopía?

martes, 9 de febrero de 2010

7:34 am

Lo había vuelto a hacer. No sabía ni cómo ni por qué, pero había vuelto a caer y ahora me sentía mal. Fatal. Tenía ganas de llorar, pero ni siquiera tuve esa mínima autocompadecencia para permitírmelo. No merecía ni eso. Haciendo “eses” por la calle, encendí un cigarrillo que ni siquiera quería fumar, mientras rebuscaba en los bolsillos con la esperanza de encontrar lo justo para el bus de vuelta a casa.

Todavía tenía grabado el olor de su sexo en la boca, nariz y pómulos, y lo que antes había sido para mis sentidos una agradable experiencia, ahora me producía esa extraña sensación que uno tiene justo antes de vomitar. Intentaba consolarme, pensar que mi comportamiento respondía a una situación que yo no había elegido, y que no me había quedado mas opción que esa para evadirme del fracaso que sobrevolaba mi relación. Era eso o admitir que era otro tipo cabrón del montón, de los que van a lo suyo sin importarles las mujeres que tanto les cuidan y les apoyan.

Las calles de la ciudad ya se estaban despertando, abriendo paso a repartidores de periódicos, señoras que limpiaban los portales de los edificios céntricos de la ciudad y jóvenes trajeados que pretendían apuntarse un tanto llegando una hora antes al trabajo. Me dolía el cuello, la parte alta de la espalda, y los brazos, sin duda doloridos por un sobreesfuerzo al que ya no estaba acostumbrado. Subí por una gran avenida, dejando el mar a mis espaldas, con el continuo deseo de volverme una vez más para mirarlo, para verlo en calma. Sería por eso mi anhelo, por las ganas que tenía de volver a casa y llorar tranquilo, en calma. Cuando llegué a la parada tuve que destacar más de lo normal, y mi ropa de fiesta y mi cara de no haber pegado ojo lo decían todo sobre mí. Tanto fue así que una señora me ofreció un caramelo de café y una sonrisa comprensiva, como diciéndome que no había nada en este mundo que ese caramelo no curase. Así que accedí, y me senté a pensar lo buena y lo mala que era mi vida, según la pusiera del derecho o del revés.

Mi historia acaba aquí, viendo llegar el autobús a lo lejos, porque luego no pasó nada, nada importante quiero decir. Seguí con mi vida, y con la penitencia de llevar eso dentro, que me quemaba, que me corroía las entrañas. Era la última vez que lo hacía, eso si lo tenía claro. Hoy le he pedido que se case conmigo, y a ella sólo le ha salido llorar y sonreír, y a mi también. La diferencia entre nuestras lágrimas es evidente. Ella porque me quiere y porque no se imagina su vida sin mí, y yo porque sé que nunca jamás estaré a su altura.




Pablo Orozco

viernes, 5 de febrero de 2010

Un día cualquiera

Hola, qué tal?

He decidido "hacer público" el blog, así que bienvenidos curiosos lectores.

Un día cualquiera cuesta levantarse de la cama, cuesta de igual manera arrastrarse hasta la ducha, una vez allí, somos conscientes de que es posible dormir en posición vertical. La motivación que tenemos ante un día cualquiera, es directamente proporcional a la proximidad de un día señalado (nunca fui de hacer circulitos en los calendarios).

Me agobia la rutina pero a la vez la considero necesaria, sin ella, los días especiales perderían un 99% de especialidad...

Un día cualquiera te introduces en el vetusto ascensor de París 154, con la vecina del cuarto y su carro de la compra, con su nieta y su innecesario carricoche...la situación no es logísticamente idónea para el descenso, pero hay algo más: "Dile buenos días a este señor" -tengo 24-.

Un día cualquiera, alguien que no te esperas se acuerda de tí, quien menos te imaginas...

Bajas únicamente por ese producto tan necesario para tí, pero terminas coleccionando latas en tu despensa. Se te ha olvidado la coca-cola...

Un día cualquiera te enamoras en el transporte público y sientes fervorosamente que el sentimiento es correspondido. Ella baja y estás mas seguro que nunca, la próxima vez haré lo mismo: nada...

Un día cualquiera te das cuenta de que algo que falla en tu vida...

Un día cualquiera tu móvil recibe un total de cero llamadas y ningún mensaje...

Un día cualquiera te vuelves a acordar de aquélla persona, te preguntas ¿cómo le irá? pero no te contestas. Ojalá que bien...